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LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DE LA PALABRA: LA LECTURA
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LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD DE LA PALABRA: LA LECTURA


3er Encuentro del Ciclo | Jueves 17 de septiembre a las 15hs



Te esperamos en el 2° Encuentro del Ciclo de Diálogos organizados por PEN Argentina, con el apoyo del programa Lectura Mundi de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), donde Silvia Hopenhayn y Carlos Skliar dialogarán sobre La Lectura y Libertad y Responsabilidad de la Palabra. Modera: Gustavo Bedrossian.
Podés participar el jueves 17 de septiembre a las 15hs, en modalidad virtual a través de Zoom. La actividad es gratuita con inscripción previa desde el siguiente



Nuevos cruzados
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Nuevos cruzados

Los nuevos cruzados: la libertad de expresión como derecho humano fundamental

La larga sombra de una nueva noche avanza sobre nosotros. Y como si nadie quisiera verla, la oscuridad que ella proyecta nos va volviendo hacia el interior de nosotros mismos. Temerosos, cautelosos, como si cada sílaba o cada palabra enunciada pudiera comprometernos y condenarnos al exilio. Sí, una nueva noche victoriana se cierne sobre nosotros y produce desconcierto, algo parecido a una nueva cruzada decidida a llevarse consigo todos los sudarios del mundo para enterrarlos lejos, para que no podamos verlos. Y enmudecemos, y callamos, y aceptamos que así sea, porque quebrar el mandato de lo políticamente correcto nunca ha sido sencillo, y porque tiene sus costos, y porque enfrentarse al dictamen moral del tiempo en que se vive siempre, absolutamente siempre, conlleva un riesgo.

Mientras escribo estas breves líneas vuelve a mi memoria la imagen de Pier Paolo Passolini, arrojado como un desecho en las arenas de la playa de Ostia, celebrada su muerte por propios y extraños, condenado por haber cruzado una línea, la del amor, la del deseo y no haberlo callado. ¿Quién se atrevería hoy a levantar su cuerpo vulnerado en esa playa  sin ser acusado de estar celebrando la pederastía? ¿Lo haría yo, correría ese riesgo? ¿Sería capaz de decir, dejen tranquilo a ese cuerpo, su cuerpo y el cuerpo de su obra, y estar dispuesto a asumir el costo de esa defensa inmoral?

La larga sombra de una nueva noche se deposita sobre nosotros y amenaza arrasarlo todo. Estábamos acostumbrados a lidiar con el poder del Estado, de la Iglesia, con la censura impuesta por los dictadores. Podíamos reconocer fácilmente a nuestros censores y contra ellos batirnos en duelo, como lo hizo Ana Ajmátova, como lo hizo Virgilio Piñera o Giordano Bruno quemado en la hoguera. Pero esta noche nueva es diferente, y quienes se han decidido a desplegarla sobre nosotros, han cambiado el rostro. Ya no es solo en nombre de la Revolución o de las Sagradas Escrituras que elevan su advertencia, sino también desde un furibundo progresismo frente al cual muchos han quedado rendidos. Y los censores ya no tienen nombres burocráticos, no, los censores  pueden ser nuestros colegas, nuestros amigos, aquellos que sentados a la mesa de los domingos, saben ejercitar gestos para incomodarnos o elevar su dedo índice cuando decimos algo considerado políticamente incorrecto, logrando transformar en un tris la escena gastronómica en un tribunal del Santo Oficio sin detenerse hasta ver nuestra lengua descuartizada sobre el mantel de la mesa para así celebrar el haber cazado una nueva pieza para mostrarla con orgullo en las cloacas de las redes sociales.  Allí nuestra foto, allí nuestro nombre, para que todos sepan a qué atenerse cuando nos cruzan por la calle.  En la Rumania de Caucescu, en el Paraguay de Stroessner o en la Cuba de los primeros años de la Revolución estos colegas,  estos intelectuales, estos activistas, estos nuevos cruzados de la moral, no hubieran tenido ningún problema en encontrar trabajo en algún ministerio.

Hace pocos meses atrás la Federación de Estudiantes Franceses exigió en Paris que se levante la obra Las suplicantes de Esquilo con el pretexto de que el maquillaje y las máscaras negras que usaban los actores eran una ofensa a la población de origen africana. No importaba que esas máscaras fueran fieles a la tradición del teatro clásico ni que el director de la obra fuera uno de los más fervientes africanistas europeos. Unos meses atrás, otra asociación pidió y logró que se retirara de circulación un libro en cuya portada se reproducía El origen del mundo de Courbet. Unos meses más tarde el escándalo estalló cuando un grupo feminista exigió levantar La bella durmiente porque fieles al guión el Príncipe no había pedido a la princesa su consentimiento antes de besarla, mientras de manera contemporánea, del otro lado del Atlántico,  se pedía que el Museo de Arte Moderno de Nueva York bajara su famoso cuadro La lección de guitarra de Balthus, eso mientras en la ciudad de Essen se levantaba, por presión de un grupo radicalizado, la muestra de las cámaras polaroids con las que el mismo Balthus había fotografiado sus modelos. Lo mismo sucedió en enero pasado en Berlín y Londres donde fueron retirados de los museos los cuadros de Egon Schiele, por ser considerados pornográficos, como ya había sido retirada una copia de La maja desnuda de la Universidad de Pensylvannia a pedido de un grupo de alumnas quienes  aducían sentirse incómodas por este gesto de obscena cosificación femenina llevado adelante hace dos siglos por Francisco de Goya y Lucientes.

En la ciudad de Nueva York, los productores de Woody Allen acaban de retirar su apoyo financiero para la realización de su última película y  las principales editoras se niegan a publicar sus memorias. Desde Hollywood, allí donde cualquier comparación con  Sodoma y Gomorra quedaría empalidecida, el hipócrito star sistem celebró con aplausos estas decisiones mientras en sus casas de Beverly Hills seguían cometiendo adulterio, incesto o celebrando sus cumpleaños o aniversarios en fiestas cargadas de excesos, mientras explotan a sus sirvientes latinos, pero sin que se note demasiado, claro, porque mañana bien temprano deben salir frente a las cámaras de la televisión, como personas correctas que son, y asistir a la gala poniéndose la cinta del color que dicta el calendario políticamente correcto de ese mes,  para de ese modo agradar a la minoría a la que hay que agradar en este turno - ¿ con quién hay que ser correctos este año? ¿con los negros, con los homosexuales, con los indios, con los discapacitados, con las mujeres, con los judíos, con los que están haciendo quimioterapia, con los que padecen Asperger,  con los ecologistas, con los defensores de la ballena azul, con las lesbianas, con los refugiados sirios, con quién?- y luego sí, empezar a recitar su discurso, con gesto de bondad, - siempre con gesto de bondad- en el que confiesan ser parte de una sociedad plural, correcta, respetuosa de los valores,  y decir, y que esto quede claro, que Woody Allen es un ser repugnante al que conocen solo de vista, por favor, porque de otro modo,  lo saben,  no serán invitados a la próxima gala del Met.

Ya no alcanzar con delatar a los vivos, también hay que hacerlo con los muertos. A fines del año pasado  la editorial Gallimard frenó la publicación de unos textos panfletarios de Celine, uno de los más grandes escritores de la lengua francesa del siglo XX. Celine, lo sabemos, era antisemita y racista, y no lo ocultaba, pero muchos pensábamos que ya ese debate había quedado clausurado, que todos seguiríamos leyéndolo  sin necesidad de invitarlo a compartir nuestra mesa. Pero no, no fue suficiente, ni siquiera publicando su obra con un estudio analítico previo. Al tiempo que Gallimard detenía la edición de Celine,  en Chile, otro grupo se movilizaba para impedir que el aeropuerto de Santiago lleve el nombre de Pablo Neruda. Unos pocos renglones de Confieso que he vivido, su autobiografía, escrita hace ya 40 años, en la que el autor del Canto General cuenta que en sus años de Cónsul en un país asiático había penetrado a una mujer dormida, sin su consentimiento, bastaron como motivo. En pocos segundos, el nombre de Neruda fue llevado a la plaza pública y allí ajusticiado en nombre del bien común.

Mientras esto ocurría en Chile,  en México y Buenos Aires la prensa anunciaba la salida de una edición femenina de El Principito de Saint Exupery, cuyas autoras, cansadas de tanto machismo, de tanta mirada sexista, se propusieron reescribirlo. La nueva versión contempla paridad de género y entre otras singularidades las autoras hicieron desaparecer la rosa que deslumbró a El Principito y en su lugar repusieron un clavel con espinas. En paralelo a este ímpetu democratizador  hay quienes ya reescriben otros clásicos con lenguaje inclusivo y no faltan quienes se han propuesto discutir la pertinencia de seguir editando Memoria de mis putas tristes y Del amor y otros demonios de Gabriel García Márquez, libros donde no falta la mirada condescendiente hacia las prostitutas y escenas de amor interdicto. Por su parte, y según este criterio, el cuento María dos praceres debería retirarse, o publicarse también con una advertencia. ¿Qué es eso de celebrar la alegría de una prostituta que descubre el amor en el ocaso de su vida cuando conoce a un joven catalán?

Y si esta propuesta avanza, ¿qué haremos con los textos de Perlongher,  de Puig, de Pound, de Lautremont o  Lamboghini,  con las películas de Buñuel y Polansky? ¿Qué haremos con  Clarice Lispector que en Felicidad clandestina sugería la posibilidad de una atracción erótico- zoofílica entre una niña rubia y su perro setter? Alguien sabe si en nuestras bibliotecas públicas están todavía a disposición de los lectores los poemas de Kavaffis? Hay que avisar a las autoridades porque es inconcebible que una institución pública brinde cobijo a un poeta que celebraba el amor hacia los efebos en los suburbios de Atenas. ¿Qué haremos con los textos de Sarmiento en los que  el autor del Facundo convocaba a abonar la tierra derramando sangre gaucha o aquellos otros en los que asociaba a algunas comunidades extranjeras como lo más infecto de la tierra?  No cabe duda, si estuviera a su alcance, el dictamen de los nuevos cruzados de la moral y de lo políticamente correcto, los representantes de las comunidades estigmatizadas, exigirían retirar esas páginas de nuestro alcance, si es que ya no lo están pensando hacer reeditando frente a nuestros ojos un siniestro Farenheit en clave postmoderna.

La sombra de la oscura noche purista nos reenvía, como en la novela de Orwell, al encierro en clave totalitaria, para evitar ser descubiertos por el gran  panóptico que nos observa todo el tiempo, obligados a amordazar nuestra boca para que ella  no diga la palabra incorrecta, para que no pronuncie el artículo indebido, para que no falte donde no debe faltar  ni la e o la x correspondiente, para que nuestro pulso no narre aquella escena que pueda herir la sensibilidad de alguien que se sienta con derecho a llevarnos, con un solo click de su computadora, hasta el centro mismo de la  plaza pública, para allí ser ajusticiados, como se ajusticiaba en el pasado a los herejes y a las brujas. Digo a un solo clik porque ya no se necesita ni la policía secreta del Politburó ni resucitar al difunto senador McCarthy para que esto ocurra, porque la policía secreta ya está instalada en nuestras cabezas y el temor al escarnio público, habitando nuestras propias almas. Y eso es lo más terrible, y eso es lo más triste, y eso es lo más humillante.

Esta larga noche ha logrado  transformar la inteligencia en necedad y la necedad en una arremetida autoritaria que parece no tener límites. Nuestro recordado Tato, no Bores, sino el tristemente célebre censor de nuestra dictadura, ese que prohibió que viéramos Muerte en Venecia, La tregua o La naranja mecánica en su versión completa  no se hubiera atrevido a pedir tanto.

Lo cierto, y a la luz de esta evidencia, y como dice Catherine Millet, “somos muchos los que tenemos la impresión de que aquellos principios defendidos durante décadas por los movimientos liberales y emancipadores de nuestra sociedad han sido llevados al extremo hasta convertirse en sus contrarios, en boca de grupos que actúan como si nada hubiera ocurrido desde la abolición de la esclavitud o la proclamación del sufragio femenino”. Y por temor a quedar en el peor lugar de la impureza, callamos, consentimos, no damos el debate, es decir, aceptamos la censura de estos jueces que nadie ha elegido, y pedimos perdones públicos, avergonzados, ante el menor exabrupto proferido,  y nos ovillamos en un estridente silencio que es a la vez sepultura y lápida de nuestra libertad de decir y de expresarnos. ¿Quién pone el límite en la literatura y en el pensamiento? ¿Quién es el autorizado, por quién, por qué estatuto a decidir qué debe decirse y qué callarse?

La larga sombra de una nueva noche está cayendo sobre nosotros. ¿Qué haremos cuando estas tinieblas terminen de posarse sobre nosotros. ¿Qué mundo, qué sociedad que merezca vivirse sobrevivirá a semejante mordaza?¿ Acaso el derecho a la dignidad de las comunidades y las identidades vulneradas a lo largo de la historia, su justa lucha y reclamo, debe hacerse a costa de restringir las libertades conquistadas?

El gran Daniel Molina recordaba en una columna de opinión, que hace ya 60 años, en 1955, Vladimir Nabokov publicó Lolita y que su aparición suscitó un escándalo descomunal. En nuestro país esa novela fue traducida por Enrique Pezzoni (quien debió firmar con pseudónimo para no ser procesado por inmoralidad). El texto fue editado por Victoria Ocampo, por entonces directora de la Revista Sur, quien afrontó -con la valentía que la caracterizaba- el juicio en el que se la acusó de hacer apología del estupro y de la pedofilia. ¿Se podría hoy editar una novela exactamente igual a la que escribió Nabokov hace 62 años? se preguntaba Molina.  ¿Hay hoy en la Argentina alguna Victoria Ocampo que se anime a defenderlo?

Responder a esa pregunta, a esa simple pregunta, es, eso creo,  uno de los grandes desafíos del campo cultural de nuestro tiempo.

Rubén Chababo

 

 


*Transcripción de las palabras pronunciadas en la mesa sobre Libertad de expresión, organizada por el Centro PEN Argentina y que tuvo lugar en la Feria del Libro de Rosario el 8 de junio de 2019 (Sala C del Centro Cultural Fontanarrosa). He condensado en esta breve presentación ideas de Javier Marías, Daniel Molina, Catherine Millet, entre otros intelectuales contemporáneos que intentan quebrar el cerco a la libertad de expresión. Esta charla se dio en el marco de la presentación del Comité Federal de la Palabra a cargo de María Lanese. Para dicha ocasión, se llevaron a cabo lecturas a cargo de las poetas de Rosario: Patricia Cuaranta, María Lanese, María Cecilia Micetich, Marta Ortíz, Ana María Russo y del poeta David Chulque, también participron la escritora María Vilalta de San Lorenzo, y Alexandra Jamieson de Buenos Aires.

Agradecemos a Mariela Tudino por las fotos.

Libera la Palabra
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Libera la Palabra

Centro Pen Argentina realizó su primer Festival de Libera la Palabra con la presencia del director ejecutivo de PEN Internacional, Carles Torner. También, se contó con la visita especial de Gioconda Belli, presidenta de PEN Nicaragua. Participaron escritores y escritoras de los centros PEN de Bolivia, Chile, Colombia, Nicaragua, Paraguay y Venezuela.

A su vez, se recibieron como invitados especiales a autores y autoras de Valencia y Cataluña. Agradecemos mucho su compromiso con la palabra. #penargentina #centropen#liberalapalabra

 

Escribir el futuro
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Escribir el futuro

Nina Jaramillo (Yz Ninaw), coordinadora del comité de Idiomas Indígenas, fue invitada por PEN International, a participar del encuentro Escribir el futuro en lenguas indígenas, que se lleva a cabo hasta el 5 de mayo en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, México.

#IdiomasIndígenas #México #CentroPEN #PENInternational

PEN en la radio
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PEN en la radio

Sintonizá los miércoles por la noche el programa 'POETAS ENSAYISTAS NARRADORES'. Un programa radial sobre literatura auspiciado por el Centro Pen Argentina en radio Zonica+. Conducen Gabriel Seisdedos, Mirtha Hortas y Gabriel Sun.

Todos los miércoles a las 22H en la web de Radio Zonica+ de www.zonica.com.ar.

 

Contra la violencia
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Contra la violencia

 

 

Centro PEN Argentina, en el Día de la eliminación de la violencia sobre la mujer, a través del Comité de Escritoras, a cargo de Irene Chikiar Bauer organizó junto a Mariana Docampo un Ciclo de Lecturas y Poema Colectivo, en Dain Usina Cultural. Allí mismo, María Luisa Femenías presentó el libro Mujeres en el laberinto de la justicia, que recopila textos sobre las peripecias que deben pasar las mujeres para que avancen los distintos casos judiciales, llevando en mano los expedientes de una oficina a otra para que las causas no se caigan con el paso del tiempo.


Luego, la escritora Anahí Pérez Pavez leyó parte de su novela “Formosa”, que está en proceso de escritura. Mabel Belluci destacó que el 25 de noviembre, no es solo el día internacional de la lucha contra la violencia sobre las mujeres sino también hacia otras identidades que “sufren, padecen y atraviesan las mismas formas de violencia de parte del sistema heteropatriarcal”. Guadalupe Faraj leyó un texto de su autoría sobre la historia de un aborto. María Alicia Gutiérrez presentó el libro Martes Verde, que reúne 53 poemas y que surgió como resultado de un colectivo que juntó a unas 300 poetas que se reunieron a debatir durante varios martes verdes. Sumó su voz la escritora Patricia González López que leyó poemas de su último libro “Otro caso de inseguridad”. María Emilia Franchignoni realizó la lectura del poemario que se generó en el momento, con la escritura espontanea de todxs los presentes. Como cierre del encuentro se proyectó un video de Lorena Faccio.

Carnaval, un ritual que vive
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Carnaval, un ritual que vive

 

 

Tenemos el agrado de extender la invitación a la siguiente presentación del libro de artista de Carlos Muslera, el lunes 18, a las 18h, con fotografías y diseño propios e ilustraciones de Rafaela Correa Marjak, con textos de Luisa Valenzuela: Conversaciones con las Máscaras.

Habrá una charla con Luisa y María Héguiz, además de un taller de máscaras del Instituto de la Máscara.
Alsina 1835, C.A.B.A.

Día de Muertos en Argentina
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Día de Muertos en Argentina

 

El Centro Pen Argentina, que preside la escritora Luisa Valenzuela, organizó junto a la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y la Dirección General del Libro de la CABA la celebración del Día de los Muertos. Con el apoyo de PEN Internacional, que tiene como preceptos fundamentales la defensa de la libertad de expresión y de la palabra, se homenajeó a los periodistas asesinados en diferentes países de América Latina como México, Honduras y Brasil.

Luisa Valenzuela inauguró la ceremonia, que giró en torno a un colorido altar, con un pedido para que se termine esta “guerra de cuarta generación como son las fake news, las noticias falsas que muchas veces tienen como blanco a periodistas que cuentan cosas que a los gobiernos no les conviene que cuenten”.

El encuentro ‘Muerte y Resurrección’ se llevó a cabo en la Biblioteca Casa de la Lectura. En donde, a través de la confección del altar de muertos, se rindió honor a los procesos de construcción de memoria colectiva. Se celebró la potencia del imaginario, en tanto posibilidades en la lengua en común, entendida como un territorio sin fronteras.

Participaron: los narradores orales Inés Grimland y Juan Jose Decuzzi. Interpretando interludios en cello, Guido Kohn. El evento se cerró con rancheras y boleros a cargo de Pepi Dillon y José Luis Piccinini.
Organizó el Comité de Derechos Humanos de Centro PEN Argentina con la invaluable colaboración de nuestros socios Gerardo Montoya y Jose Luis Ansaldo.
#DíaDeLosMuertos
#LibertadDeExpresión

Ǘyüy a jǘchü “La voz del viento”.
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Ǘyüy a jǘchü “La voz del viento”.

 

 

Extendemos la invitación a la presentación del libro "La voz del viento"
Una antología Gǘnun a kǘna para reencontrarnos
Una voz que se visibiliza para saber quiénes somos

Dice Yz Ninaw: "Un trabajo de investigación y análisis, hecho por alguien que pertenece al pueblo GǗNǗN a KǗNA, y ya no es sólo sujeto de consulta u objeto de investigación sino autor de este trabajo. Daniel recorrió la Patagonia muchos años antes de lograr este rearmado del génesis de su pueblo, con la confianza de siempre, le auguro el mejor de los éxitos."

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Historia de Centro PEN Argentina

Nacimiento del P.E.N. Club de Buenos Aires
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Nacimiento del P.E.N. Club de Buenos Aires


Autores nacionales



Habituado ya a su sordera y a los tics nerviosos, que en un pri
ncipio lo hacían reticente a hablar en público, Manuel Gálvez se convirtió en factótum de numerosos proyectos culturales. Un visitante español lo describe así: “Lleva consigo un aparato eléctrico, la capa en el pecho y el cordón en la oreja, lo cual le da un aire singular, que complica una gruesa verruga en un párpado y un tic nervioso que sacude sus hombros y su cara como verdaderos relámpagos (…).”

Una descripción algo meteorológica, pero exacta. Le costó muchos años a Gálvez vencer su horror a hablar en público a consecuencia de esos tics.

Católico, nacionalista, hispanista convencido, don Manuel pertenecía a la ilustre familia de los Gálvez que habían provisto a la provincia de Santa Fe de juristas, políticos y gobernadores enraizados en un frondoso árbol genealógico, que lo emparentaba con el conquistador Juan de Garay.

Obtenido el título de abogado se había casado con la exquisita y mística Delfina Bunge, también perteneciente a una rica e influyente familia.

Su trabajo como inspector de enseñanza llevó a Gálvez a recorrer ciudades y pueblos del interior, experiencia que ayudó a delinear el personaje principal de La Maestra Rural, una de sus novelas más conocidas.

Influenciado por Pérez Galdós, su consagración llega con El diario de Gabriel Quiroga y la novela una pintura social de principios de ese siglo. Ambas lo convirtieron en uno de los escritores más leídos del país y en uno de los escasos privilegiados en ser traducido en Europa. Gozaba de popularidad como novelista y ensayista, en permanente contraposición con Leopoldo Lugones, con el que se disputaban la corona de laureles que los consagrara como el “autor nacional”. Recibían ambos, cada año, los principales premios literarios y se embarcaron en campañas de difamación mutua hechas públicas en artículos donde descargaban su encono. Pese a esto compartieron diferentes comisiones en entidades como la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), que Lugones presidió en 1928, año de su fundación. Por esta razón el ofrecimiento de fundar y dirigir la filial argentina del PEN Club Internacional, con sede en Londres, en medio de su eterna competencia con el autor de fue para Gálvez un presente de los dioses.

Cuando en marzo de 1930 Hermon Ould, secretario general del PEN Internacional, a instancias de Jorge Mitre, director del diario La Nación, que tanta cobertura periodística le daría al PEN local a lo largo de los años, le hizo llegar la petición oficial, Gálvez se abocó a la tarea encomendada con titánica pasión, convocando a sus colegas a una reunión fundacional en su casa.

Dotado hasta el final de sus días de su característico egocentrismo, Gálvez recordará esos momentos en su libro Entre La novela y la Historia, editado en 1962, el año de su muerte:

Apenas recibí la carta de Ould la contesté enseguida aceptando y me que reunir a escritores. Por esos días, las rivalidades, las envidias y los odios habían aumentando por razones políticas. Los izquierdistas eran muchos y fuertes, y los no izquierdistas estábamos muy divididos. Pero yo tenía amigos en todos los bandos, y esto facilitaba la empresa.
Había otra dificultad: era necesario que en la reunión preliminar fuese elegida la comisión directiva y aprobado el reglamento. De no ser aprobado esa vez, podía fracasar la fundación del PEN Club. Con este objeto traté de que las invitaciones a los pocos que tenían opiniones propias llegasen tarde, y trabajé para que no faltasen los que me eran adictos o estaban conmigo totalmente de acuerdo. Invité a cerca de cuarenta, y asistieron a la reunión en mi casa –yo vivía por entonces en la calle Viamonte, frente a la plaza Lavalle– más de la mitad.
La asamblea, si así puede ser llamada, fue muy cordial y simpática. Primeramente yo leí el reglamento. Había rogado a mis amigos que lo aprobaran sin discusiones, a fin de evitar una postergación que podía conducirnos al fracaso. Yo no presidía como en las reuniones normales, a causa de mi sordera. En el vestíbulo bastante amplio de mi casa estaban todos sentados a lo largo de las paredes, quedando en el centro un buen espacio. Con mi aparato acústico yo me acercaba a todo el que pedía la palabra, lo escuchaba y decía: muy bien, pero sin poner a votación las proposiciones. Conviene, en ciertos momentos, ser sordo…
Uno de los que demostraban tener opinión propia fue Enrique Banchs. El gran poeta pretendía que se realizase una reunión mucho más numerosa y que el reglamento fuese discutido minuciosamente. Muy bien, le dije, pero no le hice caso, porque aceptar su proposición era ir al muere. Se votó el reglamento y fue aprobado.
Para la elección de la comisión directiva –un presidente, un tesorero, un secretario y sus vocales– ya había repartido una lista escrita a máquina, que triunfó íntegramente. Solo había un cambio. Yo incluí entre los vocales a Héctor Díaz Leguizamón, buen amigo mío, excelente poeta joven, hijo del ilustre Leopoldo Díaz. Mi candidato vino a pedirme que en lugar de él colocara a su padre, pues para el viejo poeta modernista, amigo de Rubén Darío, un poco olvidado ahora, a pesar de sus colaboraciones en los diarios, que él figurase allí sería un motivo de contento. Acepté, reconociendo las razones de su buen hijo.
Como es de suponer, yo me coloqué en la lista como presidente. No por vanidad, qué mal podía tener el autor de La y de Escenas de la guerra del Paraguay en presidir una institución literaria, sino por estar seguro que sin mi actividad y tenacidad el PEN Club fracasaría. Como tesorero, recomendé a Arturo Capdevila, y como secretario a Eduardo Mallea. Tuve que luchar un poco para que aceptaran a Mallea, el cual, joven de veintiséis años, solo había publicado un libro Cuentos para una inglesa desesperada de elevada calidad, que no había sido leído y a cuyo autor muchos colegas no conocían ni de nombre ni de vista. Quise imponer a este joven escritor, en cuyo talento creía, y que para el PEN Club tenía la ventaja de escribir bien en inglés. Los vocales eran: los poetas Leopoldo Díaz y Enrique Banchs; Atilio Chiappori, prosista refinado, autor de Borderland uno de los mejores libros argentinos; Jorge Max Rohde, poeta, novelista y, sobre todo, crítico de nuestra literatura; Evar Méndez, que representaba al grupo Martín Fierro, ya extinguido, vale decir, a una generación numerosa de escritores todavía jóvenes, aunque él no lo fuese tanto; y Carlos Obligado, poeta, traductor eximio conocedor de nuestra lengua e hijo del ilustre don Rafael Obligado. El 8 de abril, cuando no habían pasado ni quince días de haber recibido yo la carta de Hermon Ould, quedaba constituido el PEN Club de Buenos Aires.

Desde ese momento no solo comenzaron los banquetes en el Plaza Hotel para homenajear a los escritores locales y visitantes, si no que el PEN argentino tuvo a su primer representante en el congreso internacional de los PEN Clubs reunidos en Varsovia en junio de 1930, con la asistencia de Gustavo Martínez Zuviría, Hugo Wast, que se trasladó desde París, donde residía.

El primer centro PEN en Sudamérica había sido fundado con todo éxito, en parte por el prestigio internacional de la institución y el conocido esnobismo local, que llevó a varios de sus miembros a pertenecer a una representación con sede en Londres.

Escritores ya consagrados como Enrique Larreta, Arturo Capdevila, Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas, Horacio Quiroga, Alberto Gerchunoff, Carlos Ibarguren, primo del futuro dictador Uriburu y premio nacional de literatura de ese año, Alfonsina Storni, Delfina Bunge y un joven Jorge Luis Borges fueron algunos de los nombres que integraron una membresía que en menos de un mes alcanzó la cifra de setenta y cuatro integrantes.

En la semana de su fundación se inició la publicación de un mensuario reseñando las actividades del centro y se organizó para el seis de mayo el primer banquete de escritores, al que los socios deberían concurrir de rigurosa etiqueta, siguiendo la tradición impuesta por el PEN londinense. Uno de los comensales presidió la velada, en este caso Calixto Oyuela en su carácter de decano, y previsiblemente, Gálvez pronunció su discurso inaugural:

El PEN Club, que inauguramos hoy, es uno de los más serios avances que en este país se han realizado en el camino a la adquisición de una cultura. Penetrémonos de esta idea. La cultura no procede del aislamiento. Es obra de las generaciones, de la asociación del esfuerzo en común. Pretender que el escritor viva aislado, como algunos, con pretexto de pureza, lo quieren, es una idea bárbara, egoísta y romántica. Si en Europa, en donde la cultura es varias veces secular, se puede tolerar semejante capricho, entre nosotros sería criminal realizarlo. El escritor europeo se une con sus colegas, en escuelas literarias, en centros profesionales, en otras formas de espiritual convivencia. Entre nosotros el escritor vive un aislamiento trágico. Nos ignoramos casi en absoluto, y si nos ocupamos los unos de los otros es para intentar anularnos ante el público. ¡Y luego nos quejamos de que no hay ambiente! El ambiente debemos formarlo nosotros. Debemos educar al público y enseñarle a que nos lea. No hemos comprendido que un poeta no ha de ser enemigo de otro poeta, ni un novelista de otro novelista. El PEN Club, al procurar la unión y el conocimiento de los escritores, contribuirá a su prestigio social. No faltemos a estas reuniones, para que no siga siendo el bar –reencarnación de la pulpería– el único modo de asociación, como en los años en que Sarmiento escribió el Facundo. Asistir a estas reuniones del PEN Club será realizar obra de civilización. El PEN Club viene a vincularnos con las literaturas europeas, a arrancarnos el bárbaro y sucio penacho del individualismo gaucho con el que nos envolvíamos vanidosamente. Compañeros: colaboremos todos con entusiasmo en el éxito del PEN Club y habremos realizado una admirable obra que en días más claros para el espíritu, la patria nos agradecerá.

Distintas reseñas se ofrecieron sobre el nacimiento del PEN local en las principales publicaciones. En la semana fundacional los diarios destacaban el éxito de la extenuante “Marcha de la Sal”, encabezada por Mahatma Gandhi, una de las más resonantes y eficaces formas de boicot que años más tarde llevaría a los británicos a abandonar la India.

El día siete de abril José Ortega y Gasset, asiduo concurrente a nuestro país y destacado miembro del PEN español, es detenido en la ciudad catalana de Lérida por dar vivas a la República a la salida de un banquete en su honor. En la misma semana, vuelve a ser detenido esta vez en Madrid.

En agosto de 1930 visitó Buenos Aires el francés Benjamín Cremieux que, como miembro destacado del PEN galo, fue homenajeado en el último banquete ofrecido antes del inminente derrocamiento del presidente Yrigoyen, el primer golpe de estado en Argentina ya era un hecho aceptado.

La brecha ideológica entre los autores locales se acrecentó tras el golpe. Gálvez hace memoria de ello en su libro "Entre la novela y la historia":

No seguiré contando lo que mes por mes ocurrió en el PEN Club. Voy a referirme a un suceso que, si bien ajeno a la institución, nos acarreó consecuencias fastidiosas, y la supresión de la presidencia en las comidas. El suceso fue la revolución del seis de septiembre y el cambio de gobierno. En el boletín saludamos a las nuevas autoridades, sin agregar palabra. Solo dijimos: con este acto de cortesía entendemos no violar de ningún modo las disposiciones de nuestro reglamento. Nos referíamos a las que prohibían meterse en política. Pero sí nos quejábamos, solo como escritores, de no haber sido tomados en cuenta por el gobierno anterior y esperábamos que ahora no ocurriera así. La supresión de la presidencia de las comidas tuvo que ver con esto de la política. Habíamos designado para presidir la comida de octubre a Carlos Ibarguren, que estaba provocando el entusiasmo general con su libro de Rosas. Ibarguren acababa de ser nombrado Interventor Federal en Córdoba, y era primo hermano del general Uriburu, presidente provisional de la República. Como al nuevo gobierno algunos lo consideraban, erróneamente, fascista, varios miembros del PEN, que eran hombres de izquierda, intentaron hacer fracasar esa comida, lo que no consiguieron. La comisión directiva trató el asunto, y, contra mi solo voto, resolvió que en adelante nadie presidiese las reuniones, yo publiqué unas líneas con mi firma en el boletín de noviembre, explicando lo ocurrido. Decía varias cosas: que el presidir las comidas no era un honor extraordinario sino una simple distinción; que nunca habíamos elegido con criterio político; que Ibarguren estaba designado para presidir la comida desde unos días antes de su nombramiento como interventor en Córdoba. Agregaba en mi declaración, escrita cuando aún la comisión directiva nada había resuelto, estas dos frases que me complazco en recordar: “sentimos horror por los exclusivismos, y del mismo modo hemos admitido como socios a católicos y socialistas, a reaccionarios y bolcheviques, a vanguardistas y pasatistas, a viejos y a jóvenes, del mismo modo designamos a los presidentes con entera imparcialidad. No hemos tenido en cuenta sino la calidad de la obra publicada en el mes y el valor y el prestigio del escritor; y con este amplio criterio continuará la comisión”.

La complacencia entre los intelectuales ante el golpe, salvo una minoría, como el resto de la sociedad, fue notable. En los meses siguientes a la fundación de PEN, Gálvez, Lugones y Martínez Zuviría tuvieron su desarrollo profesional prohijados por los nacionalistas. Gálvez continuó con sus colaboraciones en la revista Criterio en donde él y su esposa Delfina, escribían desde su fundación en 1928. La publicación era el órgano de difusión de los intelectuales ultracatólicos con notas que advertían sobre el peligro rojo que desde Europa amenazaba con llegar a nuestras costas, y una atenta vigilancia sobre la liberalidad en las costumbres de propios y ajenos. En septiembre de 1930 publica la novela Miércoles Santo, una obra producto de su fervor religioso, sobre la recepción de este libro, atravesado en esos días por el clima golpista, recuerda Gálvez en sus memorias:

El éxito de librerías fue insignificante, acaso porque eran los días de la revolución uriburista y la caída de Yrigoyen. Durante muchas semanas, nadie tuvo alma para leer, salvo diarios. Por primera vez, después de cuatro décadas, se realizaba una verdadera revolución en nuestro país. Montones de radicales fueron a la cárcel. Más tarde hubo reacciones contra el gobierno provisional. Los incidentes callejeros abundaron. El gobierno cerró diarios. Muchos opositores se marcharon a Montevideo. Por otra parte, mi editor era poco hábil, y hubo por ese tiempo del 30 al 32 una tremenda crisis literaria.

En cuanto al PEN argentino y sus actividades en el año de su fundación, Gálvez resume:

Concluyó el año que había sido provechoso para los fines sociales de nuestra institución. Pero como la asistencia a las reuniones no era lo que yo deseaba que fuese, escribí un suelto en el que conminaba a los compañeros a concurrir a ellas. Decía al comienzo: a algunos no les gusta el Plaza, que juzgan demasiado aristocrático. Las fotografías publicadas en los diarios, en las que aparecen algunos socios de esmoquin y algunas damas elegantemente vestidas, han afectado a otros. Lamentaba que no lo hubieran hecho antes. Prometía, para el año próximo, buscar un sitio más democrático y suprimir el esmoquin. Y esperaremos –agregaba– a que las damas consientan en disminuir un poco su elegancia en obsequio a los colegas asustadizos… El PEN Club quiere suprimir entre los escritores el mal hábito de la insociabilidad. ¿Cuándo comprenderán algunos que, si queremos llegar a significar algo en este ambiente hostil a la obra del espíritu, es necesario que nos conozcamos y nos unamos? Para terminar con el año 1930, diré que el principal éxito del centro de Buenos Aires consistió en habernos hecho conocer en Europa. Baste con recordar que John Galsworthy, en su informe anual, dijo: “El centro de Buenos Aires, que nunca había sido establecido en realidad, es ahora muy activo bajo la presidencia de Manuel Gálvez, reconocido como el leader de las letras argentinas, y tiene ciento catorce miembros.”



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Libertad y Responsabilidad

Por Luisa Valenzuela, para Cohete a la Luna



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