Nacimiento del P.E.N. Club de Buenos Aires

Autores nacionales

Habituado ya a su sordera y a los tics nerviosos, que en un principio lo hacían reticente a hablar en público, Manuel Gálvez se convirtió en factótum de numerosos proyectos culturales. Un visitante español lo describe así: “Lleva consigo un aparato eléctrico, la capa en el pecho y el cordón en la oreja, lo cual le da un aire singular, que complica una gruesa verruga en un párpado y un tic nervioso que sacude sus hombros y su cara como verdaderos relámpagos (…).”

Una descripción algo meteorológica, pero exacta. Le costó muchos años a Gálvez vencer su horror a hablar en público a consecuencia de esos tics.
Católico, nacionalista, hispanista convencido, don Manuel pertenecía a la ilustre familia de los Gálvez que habían provisto a la provincia de Santa Fe de juristas, políticos y gobernadores enraizados en un frondoso árbol genealógico, que lo emparentaba con el conquistador Juan de Garay.

Obtenido el título de abogado se había casado con la exquisita y mística Delfina Bunge, también perteneciente a una rica e influyente familia.
Su trabajo como inspector de enseñanza llevó a Gálvez a recorrer ciudades y pueblos del interior, experiencia que ayudó a delinear el personaje principal de La Maestra Rural, una de sus novelas más conocidas.

Influenciado por Pérez Galdós, su consagración llega con El diario de Gabriel Quiroga y la novela una pintura social de principios de ese siglo. Ambas lo convirtieron en uno de los escritores más leídos del país y en uno de los escasos privilegiados en ser traducido en Europa. Gozaba de popularidad como novelista y ensayista, en permanente contraposición con Leopoldo Lugones, con el que se disputaban la corona de laureles que los consagrara como el “autor nacional”. Recibían ambos, cada año, los principales premios literarios y se embarcaron en campañas de difamación mutua hechas públicas en artículos donde descargaban su encono. Pese a esto compartieron diferentes comisiones en entidades como la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), que Lugones presidió en 1928, año de su fundación. Por esta razón el ofrecimiento de fundar y dirigir la filial argentina del PEN Club Internacional, con sede en Londres, en medio de su eterna competencia con el autor de fue para Gálvez un presente de los dioses.

Cuando en marzo de 1930 Hermon Ould, secretario general del PEN Internacional, a instancias de Jorge Mitre, director del diario La Nación, que tanta cobertura periodística le daría al PEN local a lo largo de los años, le hizo llegar la petición oficial, Gálvez se abocó a la tarea encomendada con titánica pasión, convocando a sus colegas a una reunión fundacional en su casa.

Dotado hasta el final de sus días de su característico egocentrismo, Gálvez recordará esos momentos en su libro Entre La novela y la Historia, editado en 1962, el año de su muerte:
Apenas recibí la carta de Ould la contesté enseguida aceptando y me que reunir a escritores. Por esos días, las rivalidades, las envidias y los odios habían aumentando por razones políticas. Los izquierdistas eran muchos y fuertes, y los no izquierdistas estábamos muy divididos. Pero yo tenía amigos en todos los bandos, y esto facilitaba la empresa.

Había otra dificultad: era necesario que en la reunión preliminar fuese elegida la comisión directiva y aprobado el reglamento. De no ser aprobado esa vez, podía fracasar la fundación del PEN Club. Con este objeto traté de que las invitaciones a los pocos que tenían opiniones propias llegasen tarde, y trabajé para que no faltasen los que me eran adictos o estaban conmigo totalmente de acuerdo. Invité a cerca de cuarenta, y asistieron a la reunión en mi casa –yo vivía por entonces en la calle Viamonte, frente a la plaza Lavalle– más de la mitad.

La asamblea, si así puede ser llamada, fue muy cordial y simpática. Primeramente yo leí el reglamento. Había rogado a mis amigos que lo aprobaran sin discusiones, a fin de evitar una postergación que podía conducirnos al fracaso. Yo no presidía como en las reuniones normales, a causa de mi sordera. En el vestíbulo bastante amplio de mi casa estaban todos sentados a lo largo de las paredes, quedando en el centro un buen espacio. Con mi aparato acústico yo me acercaba a todo el que pedía la palabra, lo escuchaba y decía: muy bien, pero sin poner a votación las proposiciones. Conviene, en ciertos momentos, ser sordo…
Uno de los que demostraban tener opinión propia fue Enrique Banchs. El gran poeta pretendía que se realizase una reunión mucho más numerosa y que el reglamento fuese discutido minuciosamente. Muy bien, le dije, pero no le hice caso, porque aceptar su proposición era ir al muere. Se votó el reglamento y fue aprobado.
Para la elección de la comisión directiva –un presidente, un tesorero, un secretario y sus vocales– ya había repartido una lista escrita a máquina, que triunfó íntegramente. Solo había un cambio. Yo incluí entre los vocales a Héctor Díaz Leguizamón, buen amigo mío, excelente poeta joven, hijo del ilustre Leopoldo Díaz. Mi candidato vino a pedirme que en lugar de él colocara a su padre, pues para el viejo poeta modernista, amigo de Rubén Darío, un poco olvidado ahora, a pesar de sus colaboraciones en los diarios, que él figurase allí sería un motivo de contento. Acepté, reconociendo las razones de su buen hijo.

Como es de suponer, yo me coloqué en la lista como presidente. No por vanidad, qué mal podía tener el autor de La y de Escenas de la guerra del Paraguay en presidir una institución literaria, sino por estar seguro que sin mi actividad y tenacidad el PEN Club fracasaría. Como tesorero, recomendé a Arturo Capdevila, y como secretario a Eduardo Mallea. Tuve que luchar un poco para que aceptaran a Mallea, el cual, joven de veintiséis años, solo había publicado un libro Cuentos para una inglesa desesperada de elevada calidad, que no había sido leído y a cuyo autor muchos colegas no conocían ni de nombre ni de vista. Quise imponer a este joven escritor, en cuyo talento creía, y que para el PEN Club tenía la ventaja de escribir bien en inglés. Los vocales eran: los poetas Leopoldo Díaz y Enrique Banchs; Atilio Chiappori, prosista refinado, autor de Borderland uno de los mejores libros argentinos; Jorge Max Rohde, poeta, novelista y, sobre todo, crítico de nuestra literatura; Evar Méndez, que representaba al grupo Martín Fierro, ya extinguido, vale decir, a una generación numerosa de escritores todavía jóvenes, aunque él no lo fuese tanto; y Carlos Obligado, poeta, traductor eximio conocedor de nuestra lengua e hijo del ilustre don Rafael Obligado. El 8 de abril, cuando no habían pasado ni quince días de haber recibido yo la carta de Hermon Ould, quedaba constituido el PEN Club de Buenos Aires.

Desde ese momento no solo comenzaron los banquetes en el Plaza Hotel para homenajear a los escritores locales y visitantes, si no que el PEN argentino tuvo a su primer representante en el congreso internacional de los PEN Clubs reunidos en Varsovia en junio de 1930, con la asistencia de Gustavo Martínez Zuviría, Hugo Wast, que se trasladó desde París, donde residía.

El primer centro PEN en Sudamérica había sido fundado con todo éxito, en parte por el prestigio internacional de la institución y el conocido esnobismo local, que llevó a varios de sus miembros a pertenecer a una representación con sede en Londres.
Escritores ya consagrados como Enrique Larreta, Arturo Capdevila, Leopoldo Lugones, Ricardo Rojas, Horacio Quiroga, Alberto Gerchunoff, Carlos Ibarguren, primo del futuro dictador Uriburu y premio nacional de literatura de ese año, Alfonsina Storni, Delfina Bunge y un joven Jorge Luis Borges fueron algunos de los nombres que integraron una membresía que en menos de un mes alcanzó la cifra de setenta y cuatro integrantes.

En la semana de su fundación se inició la publicación de un mensuario reseñando las actividades del centro y se organizó para el seis de mayo el primer banquete de escritores, al que los socios deberían concurrir de rigurosa etiqueta, siguiendo la tradición impuesta por el PEN londinense. Uno de los comensales presidió la velada, en este caso Calixto Oyuela en su carácter de decano, y previsiblemente, Gálvez pronunció su discurso inaugural:
El PEN Club, que inauguramos hoy, es uno de los más serios avances que en este país se han realizado en el camino a la adquisición de una cultura. Penetrémonos de esta idea. La cultura no procede del aislamiento. Es obra de las generaciones, de la asociación del esfuerzo en común. Pretender que el escritor viva aislado, como algunos, con pretexto de pureza, lo quieren, es una idea bárbara, egoísta y romántica. Si en Europa, en donde la cultura es varias veces secular, se puede tolerar semejante capricho, entre nosotros sería criminal realizarlo. El escritor europeo se une con sus colegas, en escuelas literarias, en centros profesionales, en otras formas de espiritual convivencia. Entre nosotros el escritor vive un aislamiento trágico. Nos ignoramos casi en absoluto, y si nos ocupamos los unos de los otros es para intentar anularnos ante el público. ¡Y luego nos quejamos de que no hay ambiente! El ambiente debemos formarlo nosotros. Debemos educar al público y enseñarle a que nos lea. No hemos comprendido que un poeta no ha de ser enemigo de otro poeta, ni un novelista de otro novelista. El PEN Club, al procurar la unión y el conocimiento de los escritores, contribuirá a su prestigio social. No faltemos a estas reuniones, para que no siga siendo el bar –reencarnación de la pulpería– el único modo de asociación, como en los años en que Sarmiento escribió el Facundo. Asistir a estas reuniones del PEN Club será realizar obra de civilización. El PEN Club viene a vincularnos con las literaturas europeas, a arrancarnos el bárbaro y sucio penacho del individualismo gaucho con el que nos envolvíamos vanidosamente. Compañeros: colaboremos todos con entusiasmo en el éxito del PEN Club y habremos realizado una admirable obra que en días más claros para el espíritu, la patria nos agradecerá.

Distintas reseñas se ofrecieron sobre el nacimiento del PEN local en las principales publicaciones. En la semana fundacional los diarios destacaban el éxito de la extenuante “Marcha de la Sal”, encabezada por Mahatma Gandhi, una de las más resonantes y eficaces formas de boicot que años más tarde llevaría a los británicos a abandonar la India.

El día siete de abril José Ortega y Gasset, asiduo concurrente a nuestro país y destacado miembro del PEN español, es detenido en la ciudad catalana de Lérida por dar vivas a la República a la salida de un banquete en su honor. En la misma semana, vuelve a ser detenido esta vez en Madrid.

En agosto de 1930 visitó Buenos Aires el francés Benjamín Cremieux que, como miembro destacado del PEN galo, fue homenajeado en el último banquete ofrecido antes del inminente derrocamiento del presidente Yrigoyen, el primer golpe de estado en Argentina ya era un hecho aceptado.

La brecha ideológica entre los autores locales se acrecentó tras el golpe. Gálvez hace memoria de ello en su libro “Entre la novela y la historia”:

No seguiré contando lo que mes por mes ocurrió en el PEN Club. Voy a referirme a un suceso que, si bien ajeno a la institución, nos acarreó consecuencias fastidiosas, y la supresión de la presidencia en las comidas. El suceso fue la revolución del seis de septiembre y el cambio de gobierno. En el boletín saludamos a las nuevas autoridades, sin agregar palabra. Solo dijimos: con este acto de cortesía entendemos no violar de ningún modo las disposiciones de nuestro reglamento. Nos referíamos a las que prohibían meterse en política. Pero sí nos quejábamos, solo como escritores, de no haber sido tomados en cuenta por el gobierno anterior y esperábamos que ahora no ocurriera así. La supresión de la presidencia de las comidas tuvo que ver con esto de la política. Habíamos designado para presidir la comida de octubre a Carlos Ibarguren, que estaba provocando el entusiasmo general con su libro de Rosas. Ibarguren acababa de ser nombrado Interventor Federal en Córdoba, y era primo hermano del general Uriburu, presidente provisional de la República. Como al nuevo gobierno algunos lo consideraban, erróneamente, fascista, varios miembros del PEN, que eran hombres de izquierda, intentaron hacer fracasar esa comida, lo que no consiguieron. La comisión directiva trató el asunto, y, contra mi solo voto, resolvió que en adelante nadie presidiese las reuniones, yo publiqué unas líneas con mi firma en el boletín de noviembre, explicando lo ocurrido. Decía varias cosas: que el presidir las comidas no era un honor extraordinario sino una simple distinción; que nunca habíamos elegido con criterio político; que Ibarguren estaba designado para presidir la comida desde unos días antes de su nombramiento como interventor en Córdoba. Agregaba en mi declaración, escrita cuando aún la comisión directiva nada había resuelto, estas dos frases que me complazco en recordar: “sentimos horror por los exclusivismos, y del mismo modo hemos admitido como socios a católicos y socialistas, a reaccionarios y bolcheviques, a vanguardistas y pasatistas, a viejos y a jóvenes, del mismo modo designamos a los presidentes con entera imparcialidad. No hemos tenido en cuenta sino la calidad de la obra publicada en el mes y el valor y el prestigio del escritor; y con este amplio criterio continuará la comisión”.

La complacencia entre los intelectuales ante el golpe, salvo una minoría, como el resto de la sociedad, fue notable. En los meses siguientes a la fundación de PEN, Gálvez, Lugones y Martínez Zuviría tuvieron su desarrollo profesional prohijados por los nacionalistas. Gálvez continuó con sus colaboraciones en la revista Criterio en donde él y su esposa Delfina, escribían desde su fundación en 1928. La publicación era el órgano de difusión de los intelectuales ultracatólicos con notas que advertían sobre el peligro rojo que desde Europa amenazaba con llegar a nuestras costas, y una atenta vigilancia sobre la liberalidad en las costumbres de propios y ajenos. En septiembre de 1930 publica la novela Miércoles Santo, una obra producto de su fervor religioso, sobre la recepción de este libro, atravesado en esos días por el clima golpista, recuerda Gálvez en sus memorias:

El éxito de librerías fue insignificante, acaso porque eran los días de la revolución uriburista y la caída de Yrigoyen. Durante muchas semanas, nadie tuvo alma para leer, salvo diarios. Por primera vez, después de cuatro décadas, se realizaba una verdadera revolución en nuestro país. Montones de radicales fueron a la cárcel. Más tarde hubo reacciones contra el gobierno provisional. Los incidentes callejeros abundaron. El gobierno cerró diarios. Muchos opositores se marcharon a Montevideo. Por otra parte, mi editor era poco hábil, y hubo por ese tiempo del 30 al 32 una tremenda crisis literaria.

En cuanto al PEN argentino y sus actividades en el año de su fundación, Gálvez resume:

Concluyó el año que había sido provechoso para los fines sociales de nuestra institución. Pero como la asistencia a las reuniones no era lo que yo deseaba que fuese, escribí un suelto en el que conminaba a los compañeros a concurrir a ellas. Decía al comienzo: a algunos no les gusta el Plaza, que juzgan demasiado aristocrático. Las fotografías publicadas en los diarios, en las que aparecen algunos socios de esmoquin y algunas damas elegantemente vestidas, han afectado a otros. Lamentaba que no lo hubieran hecho antes. Prometía, para el año próximo, buscar un sitio más democrático y suprimir el esmoquin. Y esperaremos –agregaba– a que las damas consientan en disminuir un poco su elegancia en obsequio a los colegas asustadizos… El PEN Club quiere suprimir entre los escritores el mal hábito de la insociabilidad. ¿Cuándo comprenderán algunos que, si queremos llegar a significar algo en este ambiente hostil a la obra del espíritu, es necesario que nos conozcamos y nos unamos? Para terminar con el año 1930, diré que el principal éxito del centro de Buenos Aires consistió en habernos hecho conocer en Europa. Baste con recordar que John Galsworthy, en su informe anual, dijo: “El centro de Buenos Aires, que nunca había sido establecido en realidad, es ahora muy activo bajo la presidencia de Manuel Gálvez, reconocido como el leader de las letras argentinas, y tiene ciento catorce miembros.”