TEXTOS DEL PRIMER ENCUENTRO


TEXTOS DEL PRIMER ENCUENTRO
POR LA LIBERTAD Y LA RESPONSABILIDAD DE LA PALABRA
Presentación del CICLO


Carlos Skliar

Tomar la palabra, y los nombres que pronuncian esas palabras, y todavía más, tomar aquellas palabras que parecen pisoteadas o desdeñadas o ya demasiado banales, y tomar aquellos nombres que las han pronunciado y que por algún motivo, siempre doloroso, no pueden tomarlas entre sus manos.

Palabras como libertad o como responsabilidad que se han dejado de usar o se han dejado malversar o, simplemente, se ocultan tras los muros visibles del libre mercado. Como si las palabras solo valieran si fueran dichas por los mercaderes y por los consumidores, y cuando rehúyen de las garras s de la compra-venta del lenguaje, son vistas como partículas de polvo de una destrucción ya acontecida hace tiempo.
¿Quiénes somos, qué somos, poetas, ensayistas, narradores, periodistas, educadores, científicos? ¿A quiénes representamos? ¿Con cuáles palabras y en nombre de quiénes tomamos las palabras para hacer de ellas un pedido de de cofradía, la concreción de otro tejido social y cultural que no imite ni reproduzca las formas ya consagradas de maltrato, la desidia y la indiferencia?
Esta época ha puesto de relieve y privilegiado un lenguaje urgente, que arroja la lengua y esconde su cuerpo, que intenta agradar o agredir pero que no muestra ni las percepciones ni los pensamientos que le dieron sustento, un lenguaje seco, directo, rocoso, infectado de poder, en manos de quienes pretenden monopolizar el sentido de las palabras más preciadas y preciosas para la humanidad.
Pero no solo se trata de quienes no coinciden con la apariencia de este mundo acelerado y auto-destructivo, sino sobre todo de quienes se plantan para dar cuenta de todo aquello que la humanidad abandonaría o dejaría de lado, si nos entregásemos sin más a las lógicas dominantes de la desigualdad entre prójimos y el abandono de la libertad y la responsabilidad por las palabras.
Se trata de recuperar el lenguaje, sí, y de no dejar que las palabras caigan al suelo, derrotadas por el abuso de poder que solo lo convierte en un estallido de aullidos. Un lenguaje sin encubrimiento ni recubrimientos. Un lenguaje que enuncie, que denuncie, que no renuncie.
Arrogarse el lenguaje como propiedad privada es el primer signo de una disputa que debería encausarse hacia la comprensión del lenguaje como bien común, como un hilo tenue que nos hace y deshace, que recorre todas nuestras vidas y que no ofenda pero sí sea ofrenda, que no separe pero reúna y que no desprecie sino que aprecia.
En vez del juzgamiento la voluntad de una apreciación ética y estética. En ello se nos va la vida y en ello se nos va el lenguaje. Lo que deseamos es que la libre expresión sea libre y que sea expresión. Lo que deseamos es que cualquiera pueda tomar la palabra y hacer de ella el sostén de su biografía y el entramado de lo común.
Una palabra que dure, porque el lenguaje es lo que nos queda para hacer comunidad delante del avasallamiento y la humillación.
Una palabra que dure lo que dura su implicación, que no sea efímera ni voraz, sino continua, permanente.
Una palabra que dure, durante la palabra. Una palabra cuya duración nos encuentre para la conversación, no para la oposición y la indiferencia.
Una palabra que pueda escucharse largamente, antes de ser juzgada y ser condenada al oprobio. Una palabra pronunciada por alguien que esté por dentro de ella, que le de sustento, que permanezca allí donde la dijo, que no rehúya de su fuerza ni de su ambigüedad.
Una palabra habitada por dentro, para decirla con toda la vida, con su experiencia, con su responsabilidad. Una palabra a la que no se le quite el cuerpo.
Una palabra que no sea propiedad privada sino un bien común. Una palabra que no sea un arma de guerra, sino una apreciación estética y ética.
Una palabra que sea una invitación, no un escondite para pocos, ni un pacto secreto, ni una contraseña oculta. Una palabra que en sus márgenes arroje sentidos diversos, y que no se consuma en los diccionarios ni en las jurisprudencias.
Una palabra que al ser escuchada pueda ser debatida con el pensamiento, con la percepción, no con las artimañas. Una palabra que escape del panelismo televisivo y de esas veinticuatro horas de urgencia que luego se evaporan.
Una palabra para la responsabilidad y la libertad.


Leopoldo Castilla

Por iniciativa de nuestra gran novelista Luisa Valenzuela, PEN Argentina, con la colaboración de la Universidad Nacional San Martín, ha organizado este ciclo en el que destacados creadores e intelectuales nos hablarán acerca de La libertad y responsabilidad de la palabra. Este tema de gran importancia en todas las épocas, exige ahora y más que nunca, una urgente revisión crítica y esclarecedora. Su salvaguarda es también vertebral en el accionar del PEN, ya que esta institución ha centrado su acción en la defensa de la libertad de expresión y de los derechos humanos de los escritores en todo el mundo.
Los diálogos tendrán lugar en el mes de setiembre, sobre esta materia y su particular incidencia en las siguientes disciplinas: Educación, Ivonne Bordelois y Rafael Toriz; Lectura, Silvia Hopenhayn y Carlos Skliar y Periodismo, Nora Veiras y Vicente Muleiro. El ciclo continuará hasta la primera semana de diciembre con otros ítems y otros exponentes.
No me referiré al asunto que nos ocupa sólo desde mi experiencia como escritor, sino también como uno más de los tantos ciudadanos desconcertados -cuando no agredidos- por las imposturas y falsificaciones a las que es sometido permanentemente el lenguaje en la sociedad contemporánea.
La palabra, como sabemos, nace investida de un carácter sagrado. Situada en la desembocadura del caos, a medida que lo nombra, ordena el universo . Y eso incluye a la figura de un supuesto Creador.
También le ordena al hombre desde su origen la desencadenada creación que le toca habitar. Al designar, individualiza y fragmenta al caos y de ese modo lo civiliza. Al nombrar anima lo desconocido, lo separa y lo incorpora al mundo. Lo “dota” de realidad y, simultáneamente, de un destino.
Es allí en esa frontera donde el poeta libra su batalla con la palabra. Entre lo nombrado y lo innombrado. Trabaja en un espacio bifronte donde un plano da hacia la realidad (a la que concebimos convencionalmente como tal) y el otro hacia lo desconocido. No otra cosa preconiza Rainer María Rilke cuando pide que en la poesía “lo real destile la miel de lo irreal”.
Cuando esa operación se cumple la poesía descubre una nueva dimensión en el mundo. Y en esa operación no siempre opera su voluntad, sino también la voluntad de la palabra misma. Muchas veces es ella la que indaga, se aventura y descubre. Es ella la que engendra y se reengendra.
Ese extraño poder se les fue de las manos a quienes le asignaron sólo un carácter instrumental, sin advertir que se mueve con una libertad muchas veces superior-cuando no inalcanzable- a la de nuestro arbitrio.
Hasta aquí sólo un matiz de los dones y exigencias de la palabra creadora. Sobre este tema, con más conocimiento y amplitud hablarán los poetas y narradores que participarán en este ciclo.
La instrumentalización de la palabra en otros órdenes será en estos coloquios también materia de análisis. Y esperamos que esta propuesta no sólo abra sino también propague una revisión urgente de la malversación del lenguaje y de sus catastróficos efectos en la sociedad contemporánea. En este sentido me permito sugerir a PEN Argentina que proponga a las filiales en los otros países la realización de un ciclo sobre este mismo tema a fin de promover una acción internacional sobre este problema.
Pero volvamos a las cuestiones que hacen a su incidencia en la sociedad comenzando por los tres poderes; el religioso, el militar y el político, tres estamentos que por su verticalidad son y han sido, en la mayoría de los casos, estructuras de dominación de los pueblos.
Veamos lo que ocurre en las religiones monoteístas. En el cristianismo los ejércitos de arcángeles se replicaron en la tierra y mutaron en guerreros de carne y hueso. Su mensaje de amor más de una vez se trocó en admonición violenta justificando la tortura y la hoguera para los supuestos herejes o, con efectos más letales y extendidos en el tiempo, impulsando, para preservar su predominio, las feroces y reiteradas guerras religiosas. Lo que hizo que en más de una oportunidad la palabra eclesial sólo tuviera de sacra la defensa de sus sagrados intereses.
Pero el fundamentalismo no es patrimonio de un solo credo. También invade el discurso musulmán. Recordemos las palabras de Mahoma recogidas en el Corán: “No erais vosotros quien los matabais era Dios quien les mataba”, admonición que salva la responsabilidad de quienes dan las órdenes y abonan, hasta el día de hoy, la violencia de los grupos más radicales.
O la verdad revelada que adjudica la tierra de los cananeos y otras tribus a Israel para que siglos después los sionistas destierren a los palestinos. O sea, la palabra de Dios, su apropiación, convertida en expropiación.
Otro tanto pasa con la malversación artera del lenguaje por el poder político, cuyos perniciosos efectos, no parecen haber variado desde el fondo de la historia. Tenemos ejemplos harto conocidos: el sojuzgamiento de los pueblos en nombre de la palabra libertad, amplificada tanto que ya ni le cree ni su propio ventrílocuo: el imperio norteamericano. La igualdad que terminó frustrándose hasta el genocidio en manos de Pol Pot o del estalinismo. O la fraternidad, convertida en un caballo de Troya para facilitar el dominio sobre los pueblos más desposeídos, verbigracia la OEA, el Fondo Monetario Internacional y otros camuflajes de los intereses del neoliberalismo.
La política, para lograr sus fines, le ha dado carta de naturalidad a la mentira o a la difamación. Si lo hizo desde siempre es en ésta época que se ha vuelto incontrolable por su expansión masiva entre los usuarios de la informática. Las han internalizado masivamente en la conciencia de los ciudadanos que cada vez, en menor medida, reaccionan ante los efectos que ellas producen. Cuando no los hacen partícipes directos o cómplices involuntarios. El resultado: el eclipse del pensamiento libre suplantado por otro, reducido, inducido y amaestrado.
Una metástasis que invade la justicia, el periodismo, la publicidad infectando todos los resquicios del lenguaje social con la entronización de la mentira, de la vulgaridad y la violencia, con el consiguiente desguace intelectual no sólo de los adultos sino también de los niños.
Han amputado la confraternidad humana reduciéndola a dos opciones tan simplistas, como cargadas de segregación y violencia como la de ricos y pobres. Han dividido a los hombres con dos palabras: blanco y negro. Dos pequeñas palabras como la luna y el azogue de un espejo, sólo para que se mire el racista y su estulticia ignorante. Y éstos son sólo algunos de los muchos ejemplos.
Hemos vuelto cenizas la llama del lenguaje, su condición sagrada. Y con ella nuestro vínculo con el espíritu de la naturaleza a la cual, ciegamente, nos obstinamos en no pertenecer.
Aún sobreviven los siempre explotados, marginados pueblos originarios preservando ese estado milagroso y hermoso del lenguaje. Los Kogi de Colombia, por ejemplo, cuando van a cortar un árbol repiten horas y horas su nombre para que el alma del árbol, se una a la suya, como reproduciendo la misma continuidad creadora que tiene entre nacimiento y extinción el universo. A ese estado tan parecido al de la invocación poética lo llaman “Aluna”.
Esos pueblos, saben que el lenguaje llena de almas el alma de cada hombre y cada cosa. Miren qué hermoso este poema del gran poeta venezolano Gustavo Pereira. Se titula Sobre salvajes:

Los pemones de la Gran Sabana llaman al rocío ChiriKé-yeetakuú, que significa Saliva de las Estrellas; a las lágrimas Enú-parupué que quiere decir Guarapo de los Ojos, y al corazón Yewán-enapué: Semilla del Vientre. Los waraos del delta del Orinoco dicen Mejokoji ( El Sol del Pecho)para nombrar al alma. Para decir amigo dicen Majokaraisa: Mi Otro Corazón. Y para decir olvidar dicen Emonokitane, que quiere decir Perdonar.
Los muy tontos no saben lo que dicen
Para decir tierra dicen madre
Para decir madre dicen ternura
Para decir ternura dicen entrega

Tienen tal confusión de sentimientos
que con toda razón
las buenas gentes que somos
les llamamos salvajes.
Quienes viven en un contacto directo y libre con la naturaleza, como ocurre con estas comunidades, conocen la lengua de los pájaros, de los árboles, de los otros animales. Saben cuándo sufren, cuándo están alegres y hasta saben cómo anuncian su muerte. Como si el lenguaje fuere una melodía universal, una música dónde cada ser tiene un acorde y el conjunto da en una armonía que nos comprende a todos y que nosotros nos empeñamos en desoír.
Yo he visto en el Amazonas al yapii que canta con el canto de todos los otros pájaros, he visto cómo los chalchaleros, como llamamos en Salta a los zorzales, modificaban su canto cuando el Cuchi Leguizamón (hombre que sí sabía de esto) les silbaba para “afinarlos”, como él decía. Supe también que si uno propaga el sonido de una nota musical dentro del océano las orcas lo reconocen y lo reproducen inmediatamente. Y ahora se comprobó que, por unas características especiales de su cerebro, el loro no sólo imita sino que puede hablar; que los árboles se comunican entre sí y algo que sabíamos desde siempre: que si uno está triste le contagia su pena a las plantas y si les habla cariñosamente ellas rejuvenecen. Y así sigue la lista de casos parecidos.
Me dirán ustedes que estas menciones no vienen a cuenta de lo que estamos tratando. Yo me atrevo a aventurar que sí porque creo que hay algo en ellas que hemos perdido, algo que hilvana el sentido y la emoción de esas criaturas, uniéndolas en plenitud, mientras nuestro lenguaje tiende a separarnos. Nos descarnamos de los otros y a medida que vamos siendo más codificados, convirtiéndonos en cifras solitarias, nos volvemos más desconocidos.
Sobre el venero de esos pueblos también debemos realimentarnos para que la palabra nos renombre y nos reintegre a la armonía del mundo. Y para ello es necesario activar cada uno desde su lugar y en su medio, una acción que contrarreste los efectos de esta agresión que le restituya a las generaciones venideras la nobleza del lenguaje.
Posiblemente esa recuperación sea una utopía, dada la velocidad con que la lengua se difunde y modifica. Más aún cuando esa metamorfosis es diseñada y manipulada ya sea desde los medios de comunicación, o en laboratorios cuya función es dirigir y automatizar la conciencia de la gente. Las fake news, las posverdad, son algunos de sus productos de última generación.
En algo pueden contribuir tanto los creadores como las instituciones culturales denunciando esta situación, pero sobre todo es perentorio que se lo haga desde la educación en las escuelas, incluyendo en la enseñanza las advertencias necesarias para que el niño o el joven estudiante pueda reconocerla estas maniobras y rechazarlas.
La palabra que nos fue fundando el mundo. La palabra que estuvo antes y quién sabe si no permanecerá después de nosotros.
Eso quieren creer estos versos míos, escritos ya hace tiempo, pensando qué será de las palabras cuando el hombre haya desaparecido. Los he elegido para cerrar estas breves puntualizaciones sobre el tema que nos ha convocado.

¿Quién dirá Guaira y vendrá el hermano,
quién llamará al padre
a su luciérnaga sola entre los muertos?
¿Cómo nos dará el nombre del maíz
su niñez furiosa
y sin caballos
cómo afirmará los campos
la palabra caballo?

¿Volverán las tardes
sin la palabra garza?
¿Serán almas en pena
otoño y laguna y cántaro?

¡Serán como la canción
que sin nosotros
nos recuerda
o como el perfume del árbol
que dura más que la muerte del árbol?

El adiós las vuelve en sí.
No se irán nunca.

Menos una que no era de este mundo:
la palabra luna
que hace mucho volvió a la luna.


Luisa Valenzuela

Ante todo quiero agradecer las brillantes y esclarecedoras palabras de Carlos Skliar y de Leopoldo Castilla, el querido Teuco quien, cuando lo invité a formar parte del incipiente comité por la libertad y la responsabilidad de la palabra casi de inmediato insistió, junto con María Casiraghi, en la necesidad de los encuentros virtuales.
Poner en acto el lema del Centro Pen Argentina nos resultó acuciante y absolutamente necesario.

El problema de la posverdad y las falsas noticias viene de lejos, pero hoy esta cobrando un vuelo que puede llegar a ser letal.
Ya en 2014, cuando el antiguo y prestigioso PEN Club Argentino, en connivencia con PEN Internacional, pasó a ser un Centro con funciones de observatorio, al lema general: Por la libertad de la palabra, le agregamos el término responsabilidad.

Este ciclo que hoy comienza, con excelente menú de diálogos protagonizados por grandes figuras de nuestro medio, se hace posible gracias a la comisión directiva de PEN Argentina junto con Lectura Mundi y la Universidad de San Martín, representada de Áurea Dias a quien agradecemos profundamente.

Si atendiendo a William Bourroughs, el lenguaje es un virus del espacio exterior, debemos estar siempre atentos a su capacidad de contagio. En reglas generales se trata de un contagio positivo que nos abre a la comunicación, la empatía, la solidaridad, la capacidad de crear. Pero en ciertas nefastas situaciones, el lenguaje puede convertirse en el más virulento de los virus.
Ya conocemos el poder devastador del SARS-Cov-2 y somos sus rehenes.
No seamos rehenes de un discurso ajeno que manipula conciencias en defensa de sus propios intereses espurio; que intenta, y muchas veces logra, plantarnos palabras cargadas de odio, de desprecio, de rechazo, obnubilando nuestra innata capacidad de reflexión y decisión.

Por lo tanto y aún más allá de la palabra: se impone la libertad con responsabilidad. Inseparables

Bien lo señala el diccionario de la RAE:
« LIBERTAD. Facultad y derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad».

Y el nuevo Diccionario Panhispánico de Español Jurídico, también de la RAE, detalla:
Libertad: Facultad y derecho de hacer todo aquello que las leyes no prohíben y que no perjudique a los demás.

La responsabilidad, por su parte, es definida como la Capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.

Ya lo dijo Rousseau en su momento y se sigue repitiendo sin que muchos, creyéndose superados, le presten atención:
“La libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro”.

El ciclo de diálogos que presentamos hoy tiene –además de concientizadora– una función celebratoria por lo 90 años que cumple en este 2020 el PEN en nuestro país.
Y dado que el ciclo continuará el año entrante con disciplinas tan ineludibles como la narrativa, la ciencia, el humor, la antropología, las diversidades (no necesariamente en este orden), celebraremos en 2021 los 100! años de PEN (poetas, ensayistas, novelistas), el entonces entrañable Club creado en Londres por una poeta, Catherine A. Dawson Scott, con el fin de reunir y apoyar a escritores y escritoras que habían quedado sin un norte después de la gran guerra.

Agradezco ahora la presencia del muy nutrido público virtual, y les dejo la palabra a les restantes integrantes de nuestro Comité por la Libertad y la Responsabilidad de la misma. Comité que, espero, se vuelva contagioso y algún día no muy lejano se reproduzca en el propio Pen Internacional.

Muchas gracias.
María, por favor…


María Casiraghi

¿Es posible que las palabras tengan tanto poder como para destruir pueblos, naciones, y sueños? Pensemos en las difamaciones a nuestros próceres, pongamos como ejemplo a Simón Bolívar. ¿Cómo una palabra: “dictador” suplantando otra palabra: “libertador” pudo truncar sus proyectos en vida y cambiar el rumbo de la historia?
Entendemos que no existen las verdades absolutas; vivimos en un mundo de relatividades y gracias a esta comprensión nos hemos hecho más tolerantes hacia el otro. Pero hay hechos concretos que no se sujetan a esta ley. En este sentido, la conocida frase, “la única verdad es la realidad”, siempre esclarecedora, abre otro dilema que se incluye en la problemática de este ciclo: ¿Cuál sería la realidad? ¿Existen palabras verdaderas que la reflejen? ¿Cómo opera sobre la literatura y la literatura sobre ella?
Hoy, el vértigo mediático y social hace cada vez más difícil saber cuándo algo es verdad y cuando no lo es, día a día escuchamos discursos esquizofrénicos que nos enfrentan no sólo a los otros, sino que muchas veces producen un estado de desequilibrio constante en el interior de cada uno. Y eso incluye a las imágenes, que son también lenguaje y por lo tanto, reproducen sus efectos manipuladores. Pienso en el escalofriante documental “Nada es privado” donde se ve claramente lo vulnerables que somos, lo expuestos que estamos a la tergiversación de nuestras acciones y emociones. De pronto nos hemos convertido en ratones de laboratorio. Nos estudian a través de las redes para inyectarnos -según unas siniestras estadísticas de personalidad – la información necesaria que cale en algún lugar de nuestro inconsciente hasta hacernos cambiar nuestra forma de pensar e incluso de sentir.
Sobre el plano de la mentira y el plano de la verdad, se levanta la palabra creadora, que exige, no su credibilidad, únicamente, sino también otra verdad, que es la que la sustenta como obra de arte. Y es en la afirmación de esa verdad que se sostiene su libertad.
Wallace Stevens en su libro “El elemento irracional en la poesía”, afirma que la obsesión de libertad que en el pasado asaltaba a los espíritus artísticos ya no es tal, porque hoy en día uno puede hacer lo que le plazca. Sin embargo, aclara “No es que no le importe a nadie. Importa intensamente. El sonido más tenue importa. El ritmo más efímero importa. Uno es libre pero la propia libertad debe armonizar con la libertad de los demás”. En este sentido, Stevens afirma, ya refiriéndose a los poetas, que a la hora de escribir es necesario reconocer “el sonido exacto” del poema, al que se llega de manera irracional “uno lo sabe sin saber cómo”. Y es que tal vez la palabra tenga la misma utopía que la leyenda y como ella, una verdad que crece y se modifica sin vulnerarse a lo largo del tiempo.
Otro tanto ocurre con el uso del lenguaje social. Cuando es vulnerado por la mentira, es posible encontrar en su retórica inicial las huellas de la verdad que ha sido falsificada, porque el lenguaje que se modifica hacia el futuro, también guarda las pruebas de su veracidad en el pasado.
Aclaro un punto importante, en la poesía, en el arte, no hay lugar para la moral. Que se entienda que no hablo de purismo ni moralismo. La independencia de pensamiento y la libertad son el motor que enriquece a la creación.
En lo personal, me formé en el periodismo a la vez que escribía narrativa y poesía. Y así pude indagar en las fronteras que existen entre uno y otro género y en las posibilidades expresivas que cada uno ofrece. Para narrar hechos de la realidad puntual que conocí como periodista, elegí la ficción, porque el lenguaje de la literatura me permitía penetrar en otros planos de lo real y lo irreal y de alguna forma llegar a una profundidad a la que el periodismo generalmente por su urgencia no suele acceder. Asimismo, si la prosa es alimentada por la palabra poética, aumenta su vuelo expresivo y esto enriquece la percepción de la realidad desde otro plano.
De este cruce “anfibio” entre prosa y poesía en relación al tema que nos atañe, si las circunstancias lo permiten, hablaré con Miguel Gaya, escritor y poeta, en una segunda etapa de este ciclo que está pensada para el 2021.
Para terminar quiero hacer mención al habla de los niños y los campesinos, que considero dos fuentes de lenguaje poético inagotable. En mi caso, tengo varios poemas inspirados en frases de mi hijo. Algunos ejemplos: una mañana helada de otoño me preguntó, sobre los árboles, ¿Por qué pierden sus hojas cuando más las necesitan? O aquella otra vez mientras mirábamos fotos viejas ¿Antes todo era blanco y negro? O esta otra, más filosófica ¿Si dios creo al mundo, quien creo a dios?
De los campesinos, he recogido frases de poesía pura, que me han servido para escribir cuentos, como una mujer de las sierras de Córdoba que una tarde después de asistir al entierro de una tía, mientras preparaba un guiso me confesó: “lo que no lloré a mi tía hoy se lo está desquitando la cebolla”.
Gente silenciosa en un diálogo profundo con sus raíces. Recuerdo una descendiente de tehuelches que me contó cómo emborrachaba a su abuelo para poder aprender su lengua natal ya que sólo en ese estado soltaba las palabras que estaban vedadas dentro de la familia con el fin de salvarse de la marginación social. Este relato me demostraba una vez más el gran poder de las palabras y cómo el uso de unas o de otras podía determinar una existencia.
Los mapuches tienen una tradición ceremonial en torno al uso de la palabra. El orador, llamado Weupin que significa “el que se ha merecido el uso de la palabra” era uno de los rangos más altos que se podía tener en la comunidad. Para ello se preparaba durante años, porque no sólo importaba lo que decía, sino también el tono, la cadencia, el sonido porque para ellos la verdad iba de la mano de la belleza.
En conclusión, si es que las conclusiones existen, ¿cuál podría ser el rol, el grano de arena de un poeta o un narrador en estos tiempos? ¿Cómo ser libre y responsable a la hora de escribir un poema, un cuento, una novela?
Tal vez, aprendiendo a ser weipines.
Quizás no sólo debamos hacer uso de la palabra sino también merecer el uso de la palabra.


Mirtha Amores

A nadie se le escapa que estamos atravesando una crisis de conjunto que permea los organismos, los recursos, las relaciones sociales, las formas de consumo, los modos de vivir, de producir y de pensar. Vivimos un trance terminal que amenaza la vida misma del planeta y que va de la mano con la nefasta superstición de que puede existir un crecimiento económico omnipotente, irresponsable e ilimitado.
Sabemos que el desarrollo científico y sus derivados tecnológicos facilitan e incentivan ese inmenso impacto social. Es fácil reconocer entonces la importancia de las tareas de difusión y divulgación de la ciencia a través de la escritura, porque van cambiando las creencias, las conductas, consumos, modelos de búsqueda, miedos y confianzas. Y todo lo que piensa o cree nuestra especie.

Veracidad y responsabilidad en la divulgación científica
¿Es la ciencia una especie de Biblia indiscutible?
La respuesta es que NO: La ciencia depende de paradigmas científicos compartidos por quienes la practican. Son modelos científicos universalmente reconocidos que, durante cierto tiempo estructuran la visión de problemas y la búsqueda de soluciones en una comunidad científica, y son compartidos por quienes la practican. O sea: «Una completa constelación de creencias, valores y técnicas, etc. compartidas por los miembros de una determinada comunidad.»
Estos modelos sirven de sustento durante los periodos denominados de ciencia normal.
La ciencia normal es, pues, la ciencia que practica usualmente una comunidad científica. Aquella que crece y se desarrolla en ausencia de periodos de crisis Y todo va muy bien hasta que aparecen… ¡las anomalías!
Una anomalía es un problema cuya solución satisfactoria no es posible en el contexto de la ciencia normal, del paradigma vigente. Es un fenómeno nuevo, inesperado.
Si se descubren anomalías, en un principio los científicos intentan incorporarlas al modelo explicativo vigente, tradicional. Sin embargo, más adelante, ante la imposibilidad de lograr su objetivo, se las pone de lado como cuestiones incómodas cuya solución ha de encontrarse -así piensan- oportunamente.
Pero la multiplicación de anomalías termina llevando a una crisis del paradigma y a un necesario cambio en el mismo.
Eso ocurre actualmente y afecta por supuesto la divulgación. Los gestálticos, para mostrar cómo se percibe de una forma u otra, crearon el siguiente dibujo:

Gestalt. Ejemplo.

Se le preguntaba a la gente qué era y según cómo miraban unos contestaban que era un pato y otros un conejo. Contestaban lo que veían y todos eran veraces, pero no definían la imagen en su integridad. Lo mismo ocurre también en la ciencia, cuando lo percibido afecta radicalmente los resultados y también aquello que se divulga.
Así, vemos que algunos escritores se jactan de divulgación aséptica, es decir, creen proporcionar información en lenguaje accesible yendo solamente tras los “hechos” científicos o técnicos que pretenden comunicar. Sin embargo, no ven que jamás dejan de lado sus propias valoraciones, prejuicios e ideología, ocultando, por ejemplo, que el conocimiento nace sesgado por los intereses que financiaron esas mismas investigaciones. O sea… termina siendo una mentira.
La divulgación es en realidad un acuerdo, porque la comunicación científica no se limita a relatar o a describir “hechos” sino que está matizada por las opiniones, las valoraciones, el ideario de quien la emite, apareciendo el sujeto en una posición de gran compromiso, puesto que sus juicios rebasan los criterios lógicos y metodológicos de la ciencia y son objeto de posicionamientos extra científicos
La vida en sí no se rige por leyes físicas, la vida es pura contradicción y la contradicción es un anatema para las matemáticas y la lógica y pone en duda los paradigmas. Cuando se pierde el sentido de pertenencia al orden natural, la ciencia desvaría. Idolatrar la ciencia es tan necio como negar sus logros.
La ciencia no tiene una sola voz, pero intereses de diverso origen (empresariales, monetarios, gubernamentales, etc) intentan todo el tiempo hacer creer esto a la mayoría de la gente, usando discursos seudocientíficos para justificar las acciones más atroces bajo negocios enormes, como el conocido ejemplo de la siembra masiva de semillas transgénicas que permite el uso de agrotóxicos como el glifosato, con efectos devastadores en la salud de la gente, los cursos de agua, los suelos, la naturaleza.
Investigadores sobre este último tema, como Andrés Carrasco y Damian Versenazzi sufrieron abundantes represiones y bloqueos para realizar la divulgación correspondiente. Andrés Carrasco dijo: Los mejores científicos no siempre son los más honestos ciudadanos porque dejan de hacer ciencia, silencian la verdad para escalar posiciones en un modelo, con consecuencias serias para el pueblo”.
Profundizaremos cuando sea el momento. Gracias!


Adolfo Colombres

En un principio, se sabe, era el verbo, es decir, la palabra que ilumina la sombra, brotando como un manantial inteligente. En la gran Nada primordial irrumpió la palabra en la boca de los dioses, como la herramienta imprescindible. En el Popol Vuh leemos que no había nada dotado de existencia, que estuviera en pie: solo el mar y el cielo en toda su extensión, ambos vacíos y en reposo, y que entonces llegó la palabra: Tepeu y Gucumatz hablaron en la oscuridad. O sea, la palabra no esperó que el hombre existiera, pues sin ella ¿cómo se hubiera creado al mundo y al mismo hombre que lo habita? Es el viento de la palabra, con su tono imperativo, el que engendra el universo. Hágase la luz, dijo el Dios del Génesis, y por cierto hubo luz. Después la palabra hizo el día y la noche, separó el agua del firmamento, y en la inmensidad del mar levantó la tierra. Entre la palabra pronunciada y el acto no había distancia alguna, pues el poder hacer por medio de la palabra es un atributo esencial de los dioses. Más extremo es el caso de la India, donde se considera que la materia fue creada a partir del mantra Om, el más sagrado de los sonidos, la sílaba que precede al universo y engendra a sus dioses. Vac, como diosa de la palabra y vehículo del saber, aparece personificada en el Rig Veda. A los que ama, les da la fuerza y la inteligencia. La palabra, para el brahamanismo, es la madre de los Vedas y la esposa del Rey del Cielo.
Todos los mundos están contenidos en ella. Para crear el universo, el Progenitor debió unirse a la Palabra.
Pero existe algo anterior a la palabra, sin la cual esta es impensable: la misma voz, que no siempre cristaliza en ella, pues hay también vocalizaciones ininteligibles, como los gritos y otros desgarramientos prelingüísticos. La voz es el sustento y el transporte de la palabra, a la que llevó como un carro sagrado hasta que la escritura la decretó prescindible, al fundar un lenguaje sin voz. La palabra es el lenguaje vocalizado, fónicamente realizado en la emisión de la voz, no un trazo en el papel. Primero fue la voz, luego la palabra, y finalmente la letra.
La voz es una cosa en el espacio, una presencia física. Posee un tono, un timbre, una amplitud, una altura, un registro. Es decir, un conjunto de elementos a los que cada cultura asigna un valor simbólico determinado. Así, la voz de la soprano vino en Occidente a simbolizar la feminidad, y la del tenor la masculinidad.
El aliento de la voz es creador. Por eso su nombre suele venir ligado al concepto de alma, de espíritu: animus en latín, pneuma en griego, o palabra-alma entre los mbyá- guaraní.
En los hieroglifos egipcios, la boca designa la fuerza creativa. Para los bantú, el fluir de la voz se identifica con los del agua, la sangre y la esperma. Para los tuareg del Sahara aliento y alma son la misma cosa, por lo que para proteger a esta última se cubren la cara con un velo negro de fina gasa. Pero dicho fluir no es uniforme, pues los elementos de la voz varían según la función que se proponen cumplir. Hay una voz dulce para enamorar y una voz piadosa para hablar con los dioses; una voz para la palabra luminosa y una voz para el poder; y hay voces que, para afirmarse, se vuelven canto. El rey africano habla poco y no alza la voz, pues sabe que el grito es un recurso femenino. Y está también la voz del narrador, que fluye sin ripios en un espacio altamente ritualizado.
La voz, nos dice Corcuera Ibáñez, desborda siempre a la palabra. Enriquece el texto que transmite y hasta lo transforma, porque algunas veces hace que signifique aquello que no dice 1 . O sea, añade al significado de la palabra una serie de unidades semánticas (semas) codificadas por la cultura. A menudo las más altas emociones se patentizan en la voz, sin atinar a traducirse en palabras capaces de expresarlas. Es que la voz, en tanto sonido, no puede dejar de registrar la estructura interna del cuerpo que la produce, lo que aporta un criterio de verdad, de interpretación, que hasta puede negar la validez de un discurso.
Esto nos está indicando que detrás de la voz hay siempre una persona, un ser pensante, un cuerpo concreto que habla, que se expresa. No se trata de algo obvio, sino de un criterio fundamental de verdad. En la abstracción del papel, la palabra puede mentir con facilidad, pues se elimina tanto la voz como su vínculo con un cuerpo concreto. Palabras que salen de una boca cargadas de verdad, resultan falsas en otra boca, pues hay una estrecha relación entre lo que se dice y quien lo dice, dónde lo dice y a quién. En las antiguas mitologías, observa Paul Zumthor, la voz sin cuerpo estaba ligada a lo maravilloso, cuando no al terror. Por esta y otras razones dicho autor se pronuncia por la creación de una ciencia de la voz, que arranque de la física y la fisiología de la misma y siga con una lingüística, una antropología y una historia. Revalorizar la voz es recordar que ella es el verdadero sustento de la palabra, y no el trazo que se hace en el papel, el que pertenece ya al ámbito del artificio, de lo prescindible, y no de la necesidad.
Es que la aventura humana no se funda en la escritura, sino en la palabra, aliento que contiene la humedad y el calor, o sea, la esencia misma de la vida. No puede reducírsela a un mero instrumento de comunicación, ya que sobre todo es expresión, fuerza, forma. Forma que no ha de entenderse como un esquema fosilizado, como una sujeción a reglas fijas, sino como ritmo puro recreado sin cesar desde una energía que le es propia, y que se moviliza por la pasión de develar lo oculto, de nombrar lo desconocido y alcanzar la significación específica de cada momento. Todo es palabra en el universo, todo en él habla. La palabra es esencialmente poder, un poder nombrador, creador, normativo y fecundante, que pone en movimiento las fuerzas que permanecen estáticas en las cosas.
Claro que no cualquier palabra es Palabra, ese verbo en el que reposa toda acción verdadera. Están la palabra-fuego y la palabra-juego. La primera alberga la fuerza vital y elpoder nombrador, busca una forma y deviene una regla mutante, siempre dirigida a la aprehensión del mundo. La palabra-juego es banal, no bucea el numen de las cosas, sino que se despliega por su superficie en demostraciones un tanto obvias, que nada revelan. El signo de la profundidad, nos dice Bachelard en Psicoanálisis del fuego, es el calor, porque solo él penetra. En cambio la luz, a pesar de ser también un atributo del fuego, se queda en la superficie. Solo el poder de la risa puede salvar a lo lúdico de la banalidad e insuflarle los atributos del fuego, volviéndolo altamente revelador, por la manera en que desnuda a las falsas palabras, instrumentos del poder. Y más abajo de la palabra-juego se extiende el territorio de la mentira, esa “palabra que no se parece a la palabra”, y que corresponde a la inmadurez, la vacuidad, la insensatez y la injuria, como afirma Corcuera Ibáñez.
Si la palabra verdadera crea el ser de las cosas, la mentira no constituirá apenas un simple mal hábito, sino algo abominable, puesto que puebla el mundo de seres falaces, siembra desaveniencias y rencores, confunde los límites, degrada lo sagrado, quiebra el equilibrio de la vida. Para el budismo, la palabra verdadera es una de las ocho sendas de la vida espiritual. Para los dibi de Malí, la palabra falsa pudre la sangre de quien la emite. Para los dogon, la mala palabra carece de “granos” (poder germinal), y al no tener vida produce en quienes la escuchan una impresión desagradable, que se asimila al mal olor, y al igual que éste, a la idea de muerte. Siempre causa daño, y a veces, para repararlo, hará falta un ritual. Se dice que la mala palabra es amarga y afecta al hígado más que la pimienta, mientras que el gusto de la buena palabra (al ser asimilada a los alimentos, la palabra posee un gusto) es dulce como la miel. La buena palabra es además sincera y blanca, pues proviene de un corazón blanco, y huele a aceite y a cocina, lo que es para este pueblo el más delicioso de los aromas, pues evoca a la vez la comida y la fecundidad, las dos formas de la vida. En el siglo XIX, los caciques indios de Estados Unidos llegaron a creer que los blancos tenían dos lenguas, pues buena parte de sus palabras terminaban siendo falsas. Les costaba entender que un mismo órgano pudiera servir a la vez para la verdad y la mentira.
Hablar de la palabra es referirse también al silencio, ese espacio que la rodea como un complemento imprescindible, reforzando su significado y su belleza. Moisés necesitó vagar cuarenta años por el desierto, pasar por semejante fragua de soledad y silencio, para que Dios le hablara de su Ley. En la India, la sílaba Om, el más sagrado de los sonidos, vibración de la energía cósmica que precede al universo de lo creado, se compone de tres elementos fonéticos y otro de silencio, considerado fundamental. Para los tupí-guaraní, el silencio es el sonido de los sonidos, la esencia de todo, y también la séptima vocal de su lengua. En la educación de los bambara, los dogon y otros pueblos no solo se enseña a dominar la palabra, sino también los silencios, ya que sin éstos nada podría aquella. El silencio es la sombra que envuelve a la palabra, afirmando su dignidad, su valor numinoso. Todo sonido precisa una ausencia de sonidos, y la magnitud de dicha ausencia ha de guardar proporción con la del sonido. Tal concepción de los bambara lleva a Dominique Zahan a sostener que para este pueblo el verbo verdadero, la palabra digna de veneración, es el silencio. Es que más que una mera ausencia, que un vacío sonoro, el silencio es una realidad cargada de sentido en la que germina la palabra. También se podría decir, invirtiendo los términos, que es la palabra la que crea el silencio, para poder establecer su valor. Al recitar El Corán, los árabes intercalan hondos silencios entre un versículo y otro, para destacar el carácter milagroso de la irrupción de la palabra. En el África Occidental se dice que todo sale del silencio, y que en el silencio se produce el movimiento. “Si la palabra construye la aldea, el silencio edifica el mundo”, reza un proverbio bambara. Y otro afirma: “Si la palabra te quema la boca, el silencio te curará”. El silencio es para este pueblo el mejor indicativo de vida interior, de capacidad reflexiva, de todo lo serio que hay en la existencia, y también de que se cultiva el secreto: “El secreto pertenece a quien calla”, remarca otro proverbio de esta etnia que hace de la sobriedad verbal un valor eminente. La infancia se teje en ella en un clima de silencio, de confidencias que se hacen a las escasas personas que podrán entender su pleno sentido. Las verdades van siendo reveladas de a poco, como grandes secretos, en la medida en que el oyente está en condiciones de recibirlas. Corcuera Ibáñez apunta que guardar silencio puede significar guardar la palabra, y que entonces es el silencio el que resalta el verbo. Un proverbio de Malí dice: “Aprende a escuchar el silencio y descubrirás la música”.A Isak Dinesen le llamaba la atención en Kenya el especial sentido de la pausa que tenían los kikuyu, al que calificó como un arte. Registraban lo que se les decía, lo pensaban bien y respondían un tiempo después. Los dogon distinguen entre el silencio voluntario, que proviene de una ausencia de impulsos de hablar o de un deseo de retener las palabras por juzgarlas inapropiadas para la ocasión, y el silencio que se nos impone, la palabra cortada, que suscita rabia, resentimiento. Desde ya, el silencio no tiene el mismo valor en todas las culturas, y en el marco de una misma cultura su sentido suele variar según la situación que lo motiva. Por lo general, las culturas que valoran poco la palabra no otorgan al silencio una especial significación. En la medida en que la modernidad occidental vacía a la palabra de sentido asesina al silencio, para que este no venga a evidenciar el ruido desafinado de sus chatarras, esas voces huecas que se amontonan sin sentido, inventando rituales sin fuerza para sus pobres fetiches.