EDUARDO MALLEA

Por la Profesora Irma Carbia

Mallea fue uno de los grandes representantes de la literatura argentina, fundamentalmente por sus ensayos. La ciudad junto al río inmóvil, Todo verdor perecerá, La bahía del silencio e Historia de una pasión argentina, entre tantos que escribió, son clásicos de la cultura nacional y referentes para escritores, ensayistas y sociólogos. Fue también novelista, periodista, editor del diario La Nación y diplomático.
Eduardo Alberto Mallea nació en la ciudad de Bahía Blanca, el 14 de agosto de 1903. Su familia no era de ese lugar, pero por traslados de su padre, médico cirujano, nació allí. Sin embargo, para Mallea esto no fue solo un accidente. Pasó su infancia ahí, y la cuidad quedó metida en su alma y marcó su vida, su pasión y sus sentimientos. En varias de sus novelas e incluso ensayos, hay referencias a la ciudad portuaria del Sur de la provincia de Buenos Aires.
Antes de comenzar su escolarización en un colegio inglés de la misma, la familia había hecho un largo viaje por Europa entre 1907 y 1910. Más tarde, se trasladaron definitivamente a Buenos Aires, donde Mallea cursó cuatro años en la facultad de Abogacía, abandonando la carrera para dedicarse en forma definitiva a la escritura y el periodismo. En este quehacer fue, durante veinticuatro años, entre 1931 y 1955, director del Suplemento Literario de La Nación, y desde ese cargo ejerció una gran influencia en la literatura argentina y contribuyó a formar el gusto del público lector. Su influencia siguió siendo notoria, al punto de que hasta mediados de 1960 fue uno de los ensayistas y novelistas más importantes de la época.
Durante su gestión en el diario tuvo que sortear momentos muy difíciles y conflictivos a nivel mundial y nacional como la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y el primer peronismo en nuestro país, lo que indefectiblemente enfrentaba ideológicamente a muchos escritores nacionales y extranjeros. Mallea actuó desde su lugar con mucho tacto, amplitud de criterio y sobre todo, un profundo sentido ético. Es por eso que invitó a colaborar en las páginas del Suplemento a figuras tan prestigiosas como variadas de la época. Waldo Frank, André Gide, Aldous Huxley, Stefan Zweig, Heminway, y los españoles Ortega y Gasset, Baroja, Amado Alonso, Marañón y Julián Marías.
Respecto de los escritores argentinos, muchos se transformaron en colaboradores permanentes del Suplemento gracias a su iniciativa. Casi todos los nombres destacados de la primera mitad del siglo XX estuvieron allí. Basta destacar algunos como Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Manuel Mujica Láinez, entre muchos. También se interesó por los escritores noveles, quienes tuvieron su lugar en el Suplemento.
Se unió al grupo martinfierrista y allí trabó una gran amistad con Ricardo Güiraldes y con el mexicano Alfonso Reyes. También fue el introductor del existencialismo en Hispanoamérica en la década de 1940/1950.
Fue parte del grupo fundador de la revista Sur, y Victoria Ocampo siempre recordó que si no hubiera sido por el empuje y la constancia de Mallea, ella tal vez nunca se hubiera animado a sacar la revista. También, que le decía, obsesionado, “¡Yo tengo que escribir, tengo que escribir!”. Había en él una necesidad de expresarse por escrito. De hecho, y a pesar del trabajo, su obra es excepcionalmente extensa y de gran calidad. Alcanzó repercusión mundial a través de las traducciones que se hicieron de ella a muchos idiomas, y a partir de allí, la crítica internacional se hizo eco de la importancia, el estilo, y el destino de esa obra. Siempre estuvo al tanto de las corrientes literarias y filosóficas de Europa, y sus trabajos, desde sus inicios fueron publicados en revistas y diarios de países del viejo continente.
El influjo ejercido por Mallea sobre su generación y las posteriores, no se reduce a una serie de formas sintácticas o al uso de ciertas palabras, es más bien un mandato de sentir, de entender y de expresar con claridad lo sentido o soñado. Escribió sobre los problemas de su país, presentando a las personas como individuos con vida social, pero enfocándose en lo intangible de su interior. En la gran mayoría de sus obras marca dos realidades que deseaba resaltar: hacer notar lo que para él era la crisis espiritual, y, al mismo tiempo, actualizar la narrativa según las nuevas corrientes. A partir de 1950 se centró en los relatos breves y en lo ensayístico, con tendencia a lo filosófico y lo sociopolítico, sobre todo debido la llegada del peronismo, al cual rechazaba, y motivo por cual más tarde debió exiliarse.
Eduardo Mallea falleció el 12 de noviembre de 1982 en Buenos Aires.