VICTORIA OCAMPO

Por la Profesora Irma Carbia

“Su clase, a quien ella ha despreciado insistentemente toda su vida, la odia cordialmente”. Palabras de Waldo Frank que resumen una parte de su vida. Se la “toleraba” por quién era.

Pero Victoria Ocampo fue una ensayista brillante y poco reconocida, y una feminista de avanzada. Con un feminismo que implica reconocerle a la mujer sus derechos, los propios, que pueden no tener que ver con el hombre. Instala su visión de la vida, en lo literario y lo personal, inclusive, cuando para una mujer –y sin considerar la clase social a la que pertenecía, lo cual agravaría la situación– el mundo corría por el carril del hogar, los hijos, y poco más. Su autoafirmación se realiza en medio de una sociedad firmemente opuesta a que las mujeres empeñadas en dar a conocer su propia perspectiva, aparezcan en escena. Por eso se la reconoce como mecenas, como organizadora, como la mujer que, mediante su fortuna –elemento usado para denigrarla en cuanto a sus valores personales– trajo al país a figuras de las más renombradas de la cultura universal de su época. Victoria es mucho más que eso.

Nace en Buenos Aires el 7 de abril de 1890, en una familia de clase alta y gran poder económico. La educan de acuerdo a principios de la época y la condición social a la que pertenece: institutrices francesas e inglesas en la casa, profesoras de música y de pintura, ejercitación de modales refinados, formas de hablar y de pensar, nada de libertad y mucho de obediencia a sus mayores. Victoria nunca fue a un colegio, nunca tuvo lo que hoy llamaríamos educación formal, pero fue una de las mujeres de mayor cultura que hubo en nuestro país. Autodidacta por carácter y por curiosidad innata. Su primera lengua fue el francés; se desempeñaba en ella como nativa. Después, el inglés, que manejaba perfectamente, y más tarde aprenderá castellano. Pero, más allá de las traducciones brillantes que hace, su obra la escribe en la lengua de su país, del que no reniega jamás. No es narradora, como su hermana Silvina, por ejemplo; Victoria es ensayista. Victoria piensa, elabora, critica y opina. Tiene bagaje para eso.

Se casa muy joven con alguien de su círculo, con la secreta intención de zafar de la férrea voluntad de su padre, quien mandaba en todo y sobre todos. Antes de terminar su larga luna de miel por Europa, entiende que ha salido de una jaula para entrar en otra. No está dispuesta a eso, su carácter no se lo permite, y llega la separación, aunque solo para ellos, viviendo en pisos distintos de la enorme casa de Victoria. Para el resto, son el matrimonio Estrada, pero Victoria tiene un amante. Por momentos se siente culpable. Ella se debe a su educación y su clase, de alguna manera. Llega a decir que su padre no hubiera soportado esa situación y que temía que llegara a matarse por eso. No lo puede permitir, y la escenificación sigue, con todo el sufrimiento que conlleva esa vida de encuentros furtivos y de presencias mentirosas. Es de una enorme valentía soportarlo en silencio.

De su feminismo verdadero dan cuenta algunos hechos. Estando en prisión –fue detenida con causas falsas pero fundamentalmente por ser opositora al gobierno de Perón, y pertenecer a la clase alta– la convocan a declarar y la llaman sra. de Estrada; ella responde, mi nombre es Victoria Ocampo. Insiste el oficial, ¿Victoria Ocampo de Estrada no es su nombre completo? Victoria contesta algo así como que ella no es “de” nadie. Feminismo puro (y duro), que tiene que ver con los propios derechos que tiene una mujer a ser ella misma.

Fue la primera mujer que tuvo carnet de conducir en el país, y le encantaba, cuenta, ir en su auto a Mar del Plata, donde tenía su casa de veraneo, Villa Victoria, para sorprender a cualquiera que la detuviera y viera que la que manejaba era una mujer. También fue la única argentina, y mujer, que asistió a los juicios de Nüremberg. Todo esto dice mucho de Victoria Ocampo, la no valorada, la mirada con cierta ironía muchas veces por sus pares y por generaciones que vinieron después. Pero lo cierto es que Victoria Ocampo lograba lo que se proponía, y lo que nadie.

De su interés por la cultura, por su mano, y su fortuna, es cierto, llegaron al país, y por ella “nos” conocieron, figuras como Ortega y Gasset, Rabindranath Tagore, Roger Caillois, Waldo Frank, y tantos más. De la misma manera, colaboraron en SUR, la revista literaria fundada por ella, todos los nombres importantes de la intelectualidad de la época.